Neuroeducación: cada niño aprende a su ritmo

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A veces he pensado que no estaría mal que en cada parque o en cada colegio existiera la posibilidad de cultivar bambú japonés.

No por el bambú, sino por lo que su crecimiento representa. Durante los primeros siete años de vida la planta crece apenas muy poco, pero luego, en seis semanas, logra casi los treinta metros de altura. Sólo un agricultor novato sería tan inexperto como para creer en esos primeros siete años que las semillas que plantó y regó casi a diario salieron de mala calidad.

Y ni qué decir si además antes de transcurrido ese tiempo les gritara: “¡sé grande, hora!”. Con la educación de los niños sucede algo similar. Muchos de ellos son sobre exigidos y se adelantan sus aprendizajes sin tener en cuenta que eso daña la autoestima. Ningún niño llega a aquello para lo que aún no está preparado para alcanzar.

Igual que ocurre con el crecimiento de las plantas de bambú japonés, que no es algo para impacientes. Al igual que el bambú los niños necesitan su tiempo.

Y cuando se les da, están mejor preparados para resistir tormentas, alcanzan un alto nivel de adaptabilidad, sin estar sobre adaptados, y afrontan sus miedos, sus problemas y los peligros sin quebrarse. Aprenden la flexibilidad, como las ramas de bambú, que pueden oscilar con el viento sin quebrarse, sostenidas por una raíz fuerte.

Autora: Nora Rodríguez

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