Cápsula de aprendizaje 1: La relajación y el aprendizaje

El estrés nos acompaña desde tiempos inmemoriales. Ya cuando el hombre vivía en cuevas sentía los efectos del estrés y su respuesta le ayudaba a escapar de los peligros. La Academia Americana de Pediatría nos describe 3 respuestas que le damos al estrés como efectos de los sistemas del cuerpo a la reacción a un evento estresante o la experiencia misma:

  • Positiva
  • Tolerable
  • Tóxica

Que un niño sufra estrés tóxico se refiere a que está soportando una frecuente, fuerte y prolongada adversidad.

La respuesta tóxica tiene efectos negativos sobre el aprendizaje, la conducta y la salud. Aprender a afrontar los problemas es una parte importante del desarrollo de los niños sanos, pero cuando su organismo se ve amenazado, se prepara para una respuesta aumentando las hormonas de frecuencia cardíaca, presión arterial y estrés, como el cortisol. Este tipo de activación prolongada de los sistemas de respuesta al estrés puede perturbar el desarrollo del cerebro, debilitar otros sistemas de órganos y aumentar el riesgo de enfermedades y deterioro cognitivo en la edad adulta, como trastornos cardíacos, diabetes, abuso de sustancias y depresión.

Si el niño está en una clase en la que se ve  expuesto a un impacto fuerte de estrés, sus Unidad Cerebro-Mente (UCM) no responderá al 100%.

Cuando mejor sea el ambiente para aprender, mejor será el aprendizaje. Por eso es importante conocer técnicas de relajación para emplearlas con el grupo clase.

Algunos de los beneficios de usar técnicas de relajación con nuestros alumnos son:

  • Conseguiremos reducir la ansiedad y el estrés del grupo.
  • Aumentaremos la capacidad de enfrentarse a situaciones estresantes.
  • Normalizaremos las funciones cardíaca y respiratoria.
  • Aumentaremos la capacidad de concentración y memoria.
  • El aprendizaje será significativo.
  • Mejoraremos la capacidad de reflexión.
  • Seremos más creativos.
  • Aumentaremos la confianza en sí mismo.
  • Facilitaremos la oxigenación cerebral.
  • Mejoraremos la seguridad de los niños en sí mismos, mostrándose más sociables y menos agresivos.
  • Incrementaremos su alegría y espontaneidad.

Para intentar conseguir todos estos beneficios, plantearemos sesiones cortas (de no más de quince minutos) en una aula o espacio tranquilo y silencioso.

A continuación os muestro dos técnicas de relajación que a mí me han sido muy útiles:

1)    Somos árboles:  yo he utilizado esta técnica con niños de infantil y primaria, adaptando el vocabulario y la duración a las distintas edades.

Este procedimiento consiste en imaginar que todos somos árboles. Empezaremos de cuclillas e imaginamos que somos primero un pequeño brote que va creciendo. Pasaremos a ser una planta y llegaremos a ser un árbol, un magnífico árbol. Una vez de pie, procuraremos crecer aún más, estirando los brazos con la intención de tocar el cielo.

Luego, tras los estiramientos, floreceremos y se nos caerán las hojas, iremos bajando los brazos poco a poco. El viento nos moverá y acabaremos quedándonos quietos, bien quietos como los árboles en un día de verano.

2)    Técnica de la tortuga: esta técnica es muy adecuada para niños de infantil y del primer ciclo de primaria. A partir de 3º de primaria es posible que observemos que no responden bien. En ese momento, una opción es cambiar la palabra “tortuga” por la de “stop”.

Esta técnica ideada por Schneider y Robin y pretende, a través de la analogía con la tortuga, enseñarle al niño a replegarse en un caparazón imaginario cuando no sea capaz de controlar sus impulsos y emociones ante estímulos ambientales.

En primer lugar enseñaremos al niño a encogerse y esconder la cabeza entre sus brazos ante la palabra “tortuga”. A continuación el niño debe aprender a relajar sus músculos cuando lo hace la tortuga. Para esto nos ayudaremos un sencillo cuento. Puesto que la relajación es incompatible con la tensión muscular necesaria para una conducta disruptiva disminuye la probabilidad de que esta se de.

Para introducir a los niños esta técnica lo podemos hacer con el siguiente cuento:

“En una época remota vivía una tortuga joven y elegante.  Tenía seis años de edad, y justo entonces, había comenzado la enseñanza primaria.  Se llamaba Tortuguita.  A Tortuguita no le gustaba acudir a la escuela.  Prefería estar en casa con su mamá y su hermanito.  No quería estudiar los libros del colegio ni aprender nada; sólo anhelaba correr mucho y jugar con sus amiguitos, o pintar su cuaderno de dibujo con lápices de colores.  Era muy pesado intentar escribir las letras o copiarlas de la pizarra.  Sólo le agradaba retozar y reírse con sus compañeritos –y pelearse con ellos también-.  No le daba la gana de colaborar con los demás.  No le interesaba escuchar a su maestra ni detener esos sonidos maravillosos, como de bomba contra incendios zumbando con estrépito, que acostumbraba a hacer con la boca.  Era muy complicado para ella recordar que no debía pegar ni hacer ruidos.  Y resultaba muy difícil no volverse loco delante de todas las cosas que ella hacía como si lo estuviese ya de verdad.

Cada día, en su camino hasta la escuela, se decía a sí misma que iba a esforzarse en todo lo posible para no meterse en problemas durante ese día.  Sin embargo, a pesar de ello, siempre enfurecía a alguno cotidianamente y se peleaba con él, o perdía la razón porque cometía errores y empezaba a romper en pedazos todos sus papeles.  Se encontraba así metida constantemente en dificultades, y sólo necesitaba unas pocas semanas para estar hastiada por completo del colegio.  Empezó a pensar que era una tortuga “mala”.  Estuvo dándole vueltas a esta idea durante mucho tiempo, sintiéndose mal, muy mal.

Un día, cuando se hallaba peor que nunca, se encontró con la tortuga más grande y más vieja de la ciudad.  Era una tortuga sabia, que tenía 200 años de edad y un tamaño tan enorme como una casa.  Tortuguita le habló con voz muy tímida, porque estaba muy asustada.  Pero la tortuga vieja era tan bondadosa como grande y estaba deseosa de ayudarle.  “¡Hola!” –Dijo con su voz inmensa y rugiente- “Voy a contarte un secreto”.  “¿No comprendes que tú llevas sobre ti la respuesta para los problemas que te agobian?”  Tortuguita no sabía de qué le estaba hablando.  “¡Tu caparazón!  ¡Tu caparazón!  -le gritó la tortuga sabia, y continuó exclamando­: “Para eso tienes una coraza”.  Puedes esconderte en su interior siempre que comprendas que lo que te estás diciendo o lo que estás descubriendo te pone colérica.  Cuando te encuentres en el interior de tu concha, eres capaz de disponer de un momento de reposo y descifrar lo que has de hacer para resolver la cuestión.  Así pues, la próxima vez que te irrites, métete inmediatamente en tu caparazón”.  A Tortuguita le gustó la idea, y estaba llena de avidez para probar su nuevo secreto en el colegio.  Llegó el día siguiente, y ella cometió de nuevo un error que estropeó su hoja de papel blanco y limpio.  Empezó a experimentar otra vez su sentimiento de cólera y estuvo a punto de perder la compostura, cuando recordó de repente lo que le había dicho la tortuga vieja.  Rápido como un parpadeo, encogió sus brazos, piernas y cabeza, y los apretó contra su cuerpo, permaneciendo quieta hasta que supo lo que precisaba hacer.  Fue delicioso para ella encontrarse tan cauta y confortable dentro de su concha, donde nadie podía importunarle.  Cuando salió fuera, quedó sorprendida al ver a su maestra que la miraba sonriente.  Ella le dijo que se había puesto furiosa porque había cometido un error.  ¡La maestra le contesto proclamando que estaba orgullosa de ella!  Tortuguita continuó utilizando este secreto a lo largo de todo el resto del curso.  Al recibir su cuartilla de calificaciones escolares, comprobó que era la mejor de la clase.  Todos la admiraban y se preguntaban maravillados cuál sería su secreto mágico”.

Autora: Noemí Palacios

Cápsula 2: El cerebro social y la competencia matemática