EMPRESAS QUE NOS APOYAN

logo_telefonica “Cuando los niños hacen algo por los demás se vuelven generosos, compasivos y aprenden con más entusiasmo”. Nora Rodríguez.

Happy School Institute y Neurociencia para la paz. pretende cambiar la educación y, por ende, el mundo, a base de aquellas aptitudes con las que venimos preparados como la compasión, la generosidad y la empatía. Y aunque es consciente de que se trata de un modo muy diferente de entender la educación, la neurociencia le avala. Un estudio del médico y sociólogo Nicholas Cristakis, codirector del Instituto de la Universidad de Yale para la Ciencia de la Red, ha demostrado que las emociones que incluyen el bienestar de los demás, desencadenan felicidad y se contagian. ¿La clave? Nuestro cerebro social.

Neurociencia para la paz es, como poco, una propuesta diferente. ¿En qué consiste? En educar en sintonía con nuestro cerebro social para lograr la felicidad responsable, que es la felicidad que tiene en cuenta a los demás, la felicidad que dura. Biológicamente venimos preparados para la armonía y la paz, sin embargo, en nuestra sociedad parece que solo importan el cociente intelectual, el individualismo, el éxito rápido… Los colegios educan en este sentido y, en mi opinión, es un error porque ese éxito rápido trae una felicidad muy cortita.

¿Qué es eso del cerebro social? Es la capacidad biológica que todos tenemos para conectarnos positivamente con los demás. Nuestro cerebro social hace que cuando estamos frente a alguien se pongan en marcha automáticamente nuestros recursos relacionados con la empatía, el altruismo, el agradecimiento, la ayuda mutua… Y eso también funciona en la escuela. No debemos dejar el cerebro social fuera del aula porque eso desemboca en aulas empobrecidas en las que los niños no pueden conectar satisfactoriamente ni con compañeros ni con profesores.

¿De ahí el bullying y otros males que afectan a la escuela? No es tan sencillo, pero tiene que ver. El bullying es un problema de la sociedad en su conjunto y, por tanto, es la sociedad, no solo los niños, la que tiene que ponerle solución ¿Cómo? Recurriendo, de nuevo, a nuestro cerebro social, o lo que es lo mismo, educando en la compasión, la solidaridad y el respeto y, sobre todo, la importancia de la ayuda mutua enseñando a los más pequeños que los conflictos son positivos y que de ellos se puede sacar un beneficio para bien de muchos. Se trata de trabajar emociones constructivas que apunten a un bien mayor.

El bullying es un problema de la sociedad en su conjunto y, por tanto, es la sociedad, no solo los niños, la que tiene que ponerle solución.

¿Y ese cerebro social viene de serie o se puede aprender?  La inteligencia social se aprende, los seres humanos somos la única especie que podemos enseñar a nuestra descendencia a ser felices, en eso estamos. La inteligencia social se aprende, los seres humanos somos la única especie que podemos enseñar a nuestra descendencia a ser felices,

¿Quieres decir que los niños tienen conciencia social? Cuando tú pones como excusa para aprender una actividad social potente, los niños se implican muchísimo. Por ejemplo, si les explicas que algunos países de África hay niños que no pueden beber agua porque está contaminada, ellos dejan de lado su pasividad y toman la iniciativa proponiendo ideas de todo tipo. Pero además ocurren tres fenómenos interesantísimos: aprenden a comprometerse, a tomar buenas decisiones y a autoevaluarse mejor. Y las tres cosas son fundamentales para la sociedad del futuro.

Suena bonito, pero ¿de verdad que la compasión y el altruismo son compatibles con la competitividad propia del mundo en que vivimos? Cambiemos la pregunta: ¿el mundo competitivo de hoy será igual dentro de veinte años? Nadie lo sabe, ¿verdad? Sin embargo, sí sabemos que todas estas capacidades: el instinto de cuidado, el altruismo, la generosidad, la capacidad de interpretar las emociones de otros, etc., son las que nos han hecho sobrevivir como especie… por algo será.

En el entorno tan emocional que dibujas, ¿cabe la tecnología? No solo cabe, sino que es fundamental. Debemos aprovecharla para acortar distancias con los demás. Las pizarras sociales, una de nuestras propuestas, son un buen ejemplo de ello. En todos los colegios tendrían que existir pizarras sociales online que sirvan para exponer problemas y generar respuestas, es decir, la tecnología es una excelente vía para abrir puertas a ese lado humano que todavía la educación no ha iluminado. Otro ejemplo, las redes sociales. ¿Y si usamos la tecnología para crear una red social que fomente ese otro lado y provoque un efecto contagio positivo masivo?

Tecnología y emociones aparte, supongo que los contenidos también importan, ¿no? Si cogemos el ejemplo anterior de la falta de agua en África, los niños además de proponer soluciones reales a problemas reales, también trabajan las asignaturas de una forma transversal. Por ejemplo, practican conceptos matemáticos como la longitud, la capacidad, el volumen, el dinero y los combinan con otras asignaturas como geografía, naturales, historia… De modo que matemáticas o lengua o biología y corazón son compatibles.

¿Y qué papel tiene Happy School Institute (HSI) en todo esto? HSI es el hilo vertebrador de nuestro trabajo, un proyecto formado por psicólogos, pedagogos y biólogos cuyo objetivo es implantar la paz en las aulas. ¿Por qué en las aulas? Porque creemos que es ahí donde se siembran las bases de la y donde mejor podemos desarrollar nuestras estrategias. Una de ellas, por ejemplo, y tenemos más de 600, es saludarse por el nombre cada mañana. Tan sencillo como eficaz. Yo les digo a los docentes: mirad a los alumnos, saludadlos por su nombre y, al hacerlo, resaltad una de sus cualidades, por ejemplo: ¡Hoy te veo muy alegre! Eso hace que se sientan reconocidos y mantengan un nivel alto de felicidad.

¿Es decir, que una mirada puede ser mejor que una buena nota? No sé si mejor, pero abre más puertas porque el cerebro social no entiende de premios materiales, sino de miradas, abrazos y palmadas en la espalda.

¿Cómo crees que será nuestro cerebro dentro de 50 años? No lo sé y no me preocupa porque eso lo definirá la evolución. Lo que sí sé es que, si sabemos cuidarnos como especie, seguramente todo será mucho más fácil de sobrellevar.

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